Hace 45 años, los chilenos Carlos Acevedo y Miguel Moya largaron últimos y llegaron adelante en una etapa de la Vuelta a la América del Sur. La muerte trágica de uno de ellos y el silencio de dos décadas del otro. Otras imperdibles anécdotas de una travesía insólita
Habían pasado 37 días y faltaba unos mil kilómetros para completarse los 28.592 del rally Vuelta a la América del Sur, considerada la carrera más larga de la historia. La dupla chilena integrada por el piloto Carlos Acevedo y el navegante Miguel Ángel Moya, a bordo de un Citroën GS, aseguraron haber experimentado un contacto del tercer tipo. Afirmaron que fueron abducidos por un OVNI unos 70 kilómetros hasta una zona cercana a Pedro Luro. Transcurrieron 45 años y se convirtió en una de las historias más impresionantes en la historia del automovilismo y que trascendió a lo deportivo.
El evento de largo aliento fue una idea de Juan Manuel Fangio y Juan Manuel Bordeu y coincidió con el 30º aniversario del Gran Premio de la América del Sur del Turismo Carretera, más conocido como la mítica Buenos Aires-Caracas, de 9.576 kilómetros. La versión de 1978 fue la competencia más extensa de todos los tiempos y dejó atrás a la Londres-México de 1970 (25.000 kilómetros) y al Rally Dakar de 1992 que unió Ruan y Ciudad del Cabo, con unos 12.427 kilómetros.
La gesta estuvo a cargo del Automóvil Club Argentino (ACA) y se largó el 17 agosto en la sede central de la entidad madre, en la Avenida del Libertador 1850. Fue una carrera de extrema dureza a través de diez países en la que partieron 57 autos y arribaron sólo 22. Sin GPS, celulares ni ninguna otra ayuda electrónica. Solo una hoja de ruta escrita a mano, un mapa y una brújula a la vieja usanza, fueron las herramientas de quienes se animaron a la gran aventura sobre coches casi standard con las jaulas antivuelcos. Solo los representantes de los equipos oficiales contaron con una preparación más acorde.
En la penúltima jornada partieron de noche en el tramo de enlace desde Viedma y Pedro Luro. A los diez kilómetros ambos aseguraron que vieron una fuerte luz que venía detrás. Pensaron que era los Mercedes-Benz oficiales, se corrieron hacia la derecha para dejarlos pasar, pero no eran las máquinas alemanas. La luz se hizo cada vez más fuerte y los encandiló. Luego su auto se elevó unos dos metros y el motor se paró. Estuvieron un rato sin entender qué estaba pasando. Luego la luz desapareció, el Citroën GS volvió a estar sobre la ruta y según su testimonio, llegaron a una estación de servicio antes que el resto del pelotón, algo llamativo porque ellos largaron desde el fondo. El odómetro les indicó que recorrieron 52 kilómetros, pero la distancia entre Viedma y Pedro Luro es de 159. Habían pasado por solo uno de los cuatro puestos de control, algo característico en las carreras de rally. Sorprendidos por lo que vivieron relataron lo que les pasó.